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Catequesis sobre la Misa (III) – 16 de Agosto de 2015

Hemos hablado el domingo pasado de los tres gestos de Jesús en la Ultima Cena, que configuran las tres partes de la Liturgia Eucarístíca: tomo el pan: La presentación de dones, pronunció la bendición: La plegaria Eucarística, lo partió y se los dio: La comunión.

Hoy vamos a profundizar en la Plegaria Eucarística que se conoce también como el canon de la misa, y que es el corazón o el culmen de la celebración eucarística y que se inicia en el prefacio (el Señor esté con vosotros) y que culmina con el gran Amén, cuando el sacerdote presenta la ofrenda al Padre, por Cristo, con El y en El.

La Plegaria Eucarística es la plegaria sacerdotal por excelencia porque en ella, el el sacerdote ordenado “realiza el sacrificio eucarístico en el papel de Cristo –como Alter Christus Capitis y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo

El prefacio: Jesús, como todos los judíos, en la Ultima Cena, canto el beraka… Que son los salmos e himnos con los que se bendecía a Dios por las maravillas que había obrado en la historia de la salvación y en concreto por la Pascua, es decir el paso del pueblo elegido de la esclavitud en Egipto a la libertad en la tierra prometida.

En el Prefacio, “la Iglesia da gracias al Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación. El prefacio puede variar de acuerdo a los diversos tiempos y fiestas, pero siempre encuentra su centro y fuente en la muerte y resurrección de Jesucristo.

Hay un bello diálogo entre el sacerdote y la asamblea…           que comienza con la invitación el Señor este con vosotros, Sursum corda (Levantemos el corazón). Hay que elevar el corazón de todo lo efímero y vano, para ser llevados con Cristo hacia nuestro Padre del cielo.

El prefacio del sacerdote comienza con las últimas palabras del pueblo, en verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar. ¿Por qué es justo y necesario? Porque hemos recibido mucho de El y como no tenemos como pagarle a Dios tantos beneficios, Jesús mismo es nuestra oración, ya que El es el verdadero adorador del Padre.

La Acción de Gracias del Prefacio culmina con el Santo, en el que la Iglesia Peregrina se une a la alabanza incesante de la Iglesia Celestial, para cantar con los ángeles y los santos, al Dios tres veces Santo.

Hasta ese momento el tono ha sido exultante y ascendente. Repentinamente ingresamos en una atmósfera distinta, más recogida, más sagrada, y el sacerdote realiza el gesto de la imposición de las manos o Epíclesis, suplicando al Padre que envíe la fuerza del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. En este rito se da un movimiento descendente ya que se invoca la fuerza que baja de lo alto.

El corazón de la Plegaria Eucarística, es el relato de la institución o la consagración, en el cual se “la eficacia de las palabras de Jesucristo en los labios del sacerdote -que es Alter Christus- unidas al poder del Espíritu Santo, hacen que las especies del pan y del vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Ese misterio que la Iglesia llama transubstanciación; cambia la sustancia, pero se mantiene la apariencia.

Ese cuerpo y esa sangre es el mismo cuerpo sacrificado y la misma sangre derramada en la Cruz de una vez para siempre por la redención del mundo; y por tanto en cada misa se actualiza, se hace presente y se ofrece el sacrificio reconciliador de la Cruz que tiene un valor salvífico infinito. El sacrificio del Calvario y el sacrificio de la Eucaristía son un mismo y único sacrificio. Se trata del mismo sacerdote y la misma víctima: Jesucristo.

Luego viene la anámnesis (memorial), en el que la Iglesia primero hace memoria de la Pasión, de la Resurrección, Ascensión y de la futura venida gloriosa de Jesucristo. En las intercesiones, se ofrece el sacrificio en comunión con el Papa y el Obispo por quienes también se suplica, por los vivos y los difuntos y por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero.

Esta es la oración sacerdotal por excelencia, en la que el sacerdote como Alter Christus realiza el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo, que se une a esta plegaria con fe y silencio.

Concluye con la doxología llamada el PER IPSUM. Es el momento en el que la Iglesia movida por el Espíritu Santo ofrece la máxima gloria y honor al Padre POR CRISTO, CON EL Y EN EL.