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Catequesis sobre la Misa – Domingo 2 de agosto

IMG_7367El capítulo 6 del Evangelio de San Juan, Discurso del Pan de Vida que Jesús pronuncia en la Sinagoga de Cafarnaúm. Quisiera aprovechar estos cuatro domingos para hacer una catequesis sobre la Eucaristía. Estas catequesis –que en la antigüedad se llamaban catequesis mistagógicas- tienen como finalidad explicarnos el significado de los sacramentos, para sacudir toda monotonía, toda rutina, y recuperar el “estupor ante la Eucaristía”. Es decir esa capacidad de asombrarnos ante el enorme misterio que es la Santa Misa.

Antiguamente se decía “vamos a oír misa”. Era un enfoque equivocado. Ustedes no vienen a oír ni a ver la misa, vienen a participar de la celebración eucarística. Y esta participación el Concilio Vaticano II, la define como una participación consciente, piadosa, activa y fructífera. Recuerden esas 4 palabras: Consciente, piadosa, activa y fructífera. Cuando estoy sentado en el confesionario y veo a algunas personas sentadas en la banca de atrás que no cantan, ni contestan a las oraciones, o que se van quedando dormidos, me pregunto: ¿Estarán participando de manera consciente, piadosa, activa y fructífera de la celebración. En la misa ustedes no son mudos y extraños espectadores, sino protagonistas. La misa es como una sinfonía, donde cada instrumento tiene que intervenir de manera perfecta en el momento que le corresponde.

Un primer cuestionamiento apunta al modo como nos preparamos para venir a la misa. A quienes tienen la costumbre de llegar tarde o llegar sobre la hora, yo les preguntaría: Si tuvieses una cita con una persona muy importante que has venido esperando hace mucho tiempo, o si te invitan a un espectáculo al que siempre has querido asistir, estoy seguro que pondrías todos los medios para llegar con tiempo. Que cita puede ser más importante que una cita con Dios. Es verdad que en la parroquia tenemos un problema serio de estacionamientos, pero por lo mismo se pueden tomar las precauciones para llegar a tiempo.

Además, esos minutos para orar en silencio antes de comenzar la misa, nos ayudan a serenarnos, a disponer nuestro espíritu, a recogernos, a sacar de la mente y del corazón las distracciones y preocupaciones inútiles. Volviendo sobre la imagen de la sinfonía, que difícil debe ser interpretar un instrumento para un músico que llega a toda prisa cuando el concierto ya ha comenzado. Para sacarle el jugo a la misa es necesaria una disposición interior que implica disciplina, atención y algo de sacrificio.

La misa comienza con los llamados ritos iniciales, en los que participamos de pie, desde la señal de la Cruz hasta que nos sentamos para escuchar la Palabra de Dios. Estos ritos se suelen hacer desde la sede, que es el sillón de la presidencia, para distinguirlos de la mesa de la Palabra que es el ambón y la mesa de la Eucaristía que es el Altar.

Estos ritos tienen la finalidad de congregarnos, de constituirnos como asamblea litúrgica. La palabra Iglesia viene del latín ecclesia y del hebreo kahal, que significa la asamblea de los convocados para dar culto a Dios. Es decir, cuando venimos a la misa somos una comunidad, un cuerpo, en el que no hay ricos o pobres, blancos o cholos, jóvenes o viejos, santos o pecadores, sino que todos somos hermanos en la fe, llamados a participar juntos en la Cena del Cordero.

El persignarnos e invocar a la Santísima Trinidad nos recuerda que la obra que estamos iniciando es una obra divina, que es una obra en la que glorificaremos al Padre, por medio del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo, y que todo estos es posible por el signo de la Cruz que nos ha reconciliado. Es el mismo Dios el que nos invita y nos hace capaces de participar en esta obra.

Ante la presencia de Dios, lo primero que debe surgir en el corazón del hombre es la conciencia del tremendum. Quien es Dios y quien soy yo. El es Santo y yo soy un pecador.

El rito penitencial no pretende ser un examen de conciencia que sería imposible en tan poco tiempo, sino un momento para reconocerme pecador, frágil, débil, necesitado de la gracia y de la misericordia de Dios. En algunas liturgias antiguas el Kyrie iba acompañado de la postración, que es un gesto corporal de anonadamiento ante la grandeza de Dios.

La oración del YO CONFIESO o la triple invocación del SEÑOR TEN PIEDAD no nos perdona los pecados graves que nos apartan de la comunión con Dios, pero si los pecados veniales. Si alguno tiene conciencia de pecado grave, debe acercarse a la confesión si desea recibir la sagrada comunión.

Culmina el Kyrie con la oración del sacerdote invocando la misericordia de Dios sobre nosotros, y se inicia el Gloria que es un canto jubiloso de alabanza y adoración.

El sentimiento que debe embargarnos al cantar el Gloria es el sentimiento de María que en el Magnificat que proclama jubilosa las grandezas del Señor, que la ha mirado con beneplácito y que ha obrado maravillas en su pequeñez.

Las palabras se desbordan de gozo y se atropellan unas a otras de modo incontenible: Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te damos gracias!!!! Todo esto no solo por lo que tú has hecho por nosotros, sino simplemente por tu INMENSA GLORIA, por SER TU, DIOS, NUESTRO DIOS.

Los ritos iniciales culminan con la Oración Colecta que siempre está relacionada con el tema de las lecturas y que se llama colecta porque recolecta las intenciones de los fieles. Cuando el sacerdote dice Oremos y hace un breve silencio, cada uno puede y debe ofrecer el sacrificio de la misa por alguna intención o necesidad, que luego el sacerdote va a recoger para ofrecerlas todas juntas al Padre, por medio de Jesucristo y en la unidad del Espíritu Santo.

Continuaremos la próxima semana reflexionando en la Liturgia de la Palabra. Quedémonos con esta frase del Evangelio de hoy: Trabajen no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la Vida Eterna.