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Homilía del Domingo 3 de mayo – V Domingo de Pascua

Por sus frutos los conoceréis. (Mt 7,20)

A la persona se le conoce por sus frutos. El valor de una persona, se mide por los frutos de su vida. Los frutos que debemos dar no son solo frutos materiales, sino especialmente los frutos de la caridad. Cuando nos presentemos ante Dios, no nos va a preguntar por los títulos que obtuvimos, ni por los cargos que ocupamos, ni por los bienes que acumulamos. Él nos va a examinar acerca del amor, del bien que hicimos a los demás.

Todos tenemos el anhelo de que nuestra vida sea fecunda, de hacer algo grande con nuestra existencia. Ese anhelo es también el anhelo de Dios, el Plan que Dios tiene para nosotros. Por eso dice el Señor: La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto. San Ireneo de Lyon: La gloria de Dios es el hombre viviente. 

Nosotros damos gloria a Dios cuando estamos contentos, cuando somos felices, cuando desplegamos nuestros dones y talentos y ponerlos al servicio de los demás, al servicio de una causa noble. (Primera lectura: San Pablo es un ejemplo de una vida fecunda al servicio de Dios).

Cuánta gente a veces piensa: Mi vida no tiene sentido. Y es porque no han terminado de encontrado su lugar en el mundo, porque viven muchas veces atrapados por sus temores, sus complejos, sus envidias y resentimientos.O cuando la vida se desperdicia en la actitud egoísta del que cree que la felicidad está en el tener, en el poder o en el placer.

“YO SOY LA VID, USTEDES SON LOS SARMIENTOS. EL QUE PERMANECE EN MI Y YO EN EL, ESE DA FRUTO ABUNDANTE, PORQUE SIN MI NO PODEIS HACER NADA”.

 Si cualquier persona, por famosa que sea, dijera: «Separados de mí no podéis hacer nada», lo consideraríamos una pretensión intolerable. Sólo Cristo puede decirnos algo así. La condición para que nuestra vida sea fecunda es estar unidos al Señor. Ser cristiano es ser otro Cristo. Poder decir como San Pablo: Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

¿Cómo vivir unidos a Jesús?

Por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo, hemos sido injertados en Cristo como las ramas al tronco, como el sarmiento a la vid. Formamos parte del Cuerpo vivo de Cristo que es la Iglesia.

Jesús nos comunica su vida a través de la gracia. La gracia es como esa savia, esa linfa que corre desde la raíz, pasa por la vid y llega al sarmiento.

 

Es una unión aun más estrecha que aquella que une a la madre y al hijo que tiene en sus entrañas. Es verdad que la madre comunica la sangre, el alimento, la respiración al hijo que tiene en su vientre, pero también es verdad que llegado un punto el hijo debe abandonar el seno materno. En cambio, el sarmiento si se separa de la vid muere y no da fruto.

 

Vivir la fe en Jesús, que nos lleva a tener una relación íntima de amistad con El, y eso exige una vida de profunda oración y de lectura constante de su Palabra, para conocer su voluntad y realizarla en la vida cotidiana.

 

María es el camino para vivir unidos a Jesús. Ella en su corazón maternal nos va educando a pensar como El, sentir como El y actuar como El. Amando a María y acercándome a su corazón, descubro que su corazón es un espejo límpido que me remite y me asemeja al corazón de Jesús… y así voy avanzando… Por Cristo a María y por María más plenamente al Señor Jesús.

 

 

 

 

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