Homilía – 15 de setiembre de 2013

Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

 

Homilía

Para saber ser padres misericordiosos hay que haber sido hijos pródigos. Solo quien ha sido perdonado, sabe perdonar, solo quien ha sido amado es capaz de amar, solo quien ha sido encontrado, puede salir al encuentro de los demás.

Por eso, sólo hay una manera de entender qué significa la misericordia de Dios, y es pasar por la experiencia de la oveja perdida o del hijo pródigo.

¿Qué sentiría esa ovejita, que osadamente abandonó el rebaño y ahora se siente extraviada, herida, enferma, sola y hambrienta, y no es capaz de encontrar por sí misma el camino de regreso? ¿Qué sentiría ese hijo que derrochó toda su fortuna, y ahora está arruinado, sin amigos, sin trabajo, sin gracia, sin un pan que llevarse a la boca, degradado hasta el extremo de querer comer la basura que comen los cerdos?

Sólo quien ha tocado fondo, quien se ha sentido un miserable, puede saber lo que es la misericordia de Dios. Cuando me siento pecador, cuando me duelen mis pecados, cuando me siento solo y abandonado, estoy preparado para sentir las manos tiernas del Buen Pastor que venda mis heridas y la seguridad que se experimenta cuando Él me lleva sobre sus hombros. Sé lo que es sentir el abrazo emocionado del Padre, y sus besos que secan mis lágrimas, y el vestido nuevo que cubre mi desnudez. Sé lo que es experimentar la alegría de la reconciliación.

Hay un hombre que ha sido un testigo excepcional de esta experiencia, y es San Pablo. Él, en la lectura de hoy, se lo contaba a Timoteo y nos lo cuenta a nosotros. Yo era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, me perdonó y me hizo su discípulo y su ministro. Para mostrar en mí su paciencia y para ser modelo de todos los que andan extraviados.

Pablo da testimonio del Amor de Dios porque él mismo ha experimentado ese amor misericordioso. Pablo es ministro de la reconciliación, porque él primero ha sido reconciliado.

Nos cuesta tanto comprender el perdón de Dios, porque no tenemos recta conciencia de pecado y porque tenemos visiones erradas que deforman el auténtico sentido de la misericordia.

a)     Hay gente que dice: Padre, yo no tengo pecados. Y siento un profundo dolor cuando escucho eso. Porque esa personas –al ponerse en la situación hipócrita de los fariseos– no pueden ser salvadas. Porque Jesús vino a salvar no a los justos, sino a los pecadores. Quizás no hemos cometido pecados graves, pero si Dios nos ha amado tanto y nosotros queremos corresponder generosamente a su Amor, descubriremos que hay muchas omisiones, irreverencias, faltas de caridad que manifiestan egoísmo y mezquindad.

b)     Otra deformación es la del que se siente tan pecador que creer que Dios no puede perdonarlo. Sea porque ha cometido algún pecado muy grave y aunque Dios lo ha perdonado, el mismo no se perdona. O sea porque cae una y otra vez en las mismas faltas y opta por resignarse al pecado y no acudir a la misericordia.

Somos tan vanidosos que cuando volvemos a caer, desconfiamos de su amor y nos hundimos en la desesperanza. No te das cuenta que para Dios no hay mayor alegría que poder perdonarte, que no existe infidelidad que Él no pueda perdonar; que Él te perdona una y otra vez.

c)     Otra deformación frecuente del sentido de la misericordia es cuando no preparamos ni vivimos bien el sacramento de la confesión. Cuando hacemos esa especie de confesiones express, más como una especie de lavandería de pecados, pero sin un profundo dolor de corazón y un sincero propósito de cambiar.

Incluso hay quienes creen que no pueden comulgar sin confesarse cada domingo, lo cual es un error, pues solo los pecados graves nos apartan de la comunión.

Es necesaria una buena catequesis para distinguir lo que es un pecado venial de un pecado grave, y cuál debe ser nuestra disposición cuando nos acercamos a confesarnos.

La mejor actitud cuando nos acercamos a confesarnos la describe el Salmo 50 cuando dice: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.Cuando Dios se encuentra con un corazón quebrantado y humillado nunca lo desprecia.

Hoy se ha perdido el sentido de la misericordia porque se ha perdido el sentido del pecado. Nunca podremos comprender totalmente el misterio de la misericordia de Dios.

Hay que predicar más sobre la misericordia de Dios. Nosotros vivimos y caminamos gracias a ella; nos cuida para preservarnos de caer o nos levanta cuando tenemos un resbalón.

Dios es un Padre misericordioso, que te ama, que te abraza, que te devuelve tu dignidad de hijo.

Jesús es un Pastor bueno, que se acerca a ti, que venda tus heridas, que te toma sobre sus hombros y te lleva de regreso al redil.

El Espíritu Santo es el amor que Dios derrama en nuestro corazón, para sanar nuestras heridas, para limpiarnos, para consolarnos, para iluminar nuestras tinieblas.

Meditemos más en la misericordia del Señor.

 

P. Juan Carlos Rivva