HOMILÍA DE VIERNES SANTO EL VALOR DE LA SANGRE

Centrar mi predicación en el tema de la sangre, y en concreto en el infinito valor redentor de la sangre de Cristo, o de la Preciosísima Sangre como la llamaba el Papa San Juan XXIII.

La sangre es un líquido vital que impulsada por el corazón transporta oxígeno y alimento a las diversas partes del cuerpo.

La sangre es signo de vida, ya que cuando una persona se desangra totalmente muere. Por eso, donar sangre es un modo de transmitir vida a un enfermo, y por eso también se dice que los hijos y los hermanos que comparten la misma sangre recibida de sus padres. Por eso también dice el Señor: Si no bebéis de mi sangre no tenéis vida en vosotros.

Los mártires son aquellos que a semejanza de Jesús entregan la vida por Dios, porque han llegado hasta el extremo de derramar su propia sangre por la fe o en un acto de caridad suprema al prójimo.

Jesús entregó su vida por amor a nosotros, porque libremente derramó toda su sangre por nosotros. Comenzó a derramarla en el Huerto de los Olivos, cuando «su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22, 44), la siguió derramando durante toda su pasión, desde la flagelación hasta que le traspasaron el costado después de su muerte en la cruz, Cristo derramó toda su sangre por nosotros.

Para la revelación cristiana ¿cuál es el valor de la sangre de Jesucristo?

En primer lugar, la sangre de Cristo es la que sella la nueva alianza con Dios.

En el Antiguo Testamento, la aspersión con la sangre de los animales sacrificados representaba y establecía la alianza entre Dios y el pueblo, como se lee en el libro del Éxodo: «Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros”.(Ex 24,8)

Por eso repetimos en cada misa las palabras de Jesús en la Ultima Cena: Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos, para el perdón de los pecados.

Esa sangre no sólo sella la alianza, sino que perdona los pecados. Como dice la Carta a los Hebreos: La sangre de novillos y corderos era incapaz de purificarnos del pecado, en cambio, la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas para rendir culto al Dios vivo. (Heb 9, 14). Porque sin efusión de sangre no hay remisión de los pecados. (Heb 9,22)

La preciosa sangre de Jesús es el precio con que el ha pagado la factura de nuestros pecados. Es el precio con el que Él ha querido comprar nuestro rescate.

Como dice San Pedro: Habéis sido rescatado no con oro o plata, sino con una sangre preciosa como de un Cordero sin mancilla. (1 Pe 1,19)

En el Génesis vemos que la sangre del justo Abel, asesinado por su hermano Caín, clama a Dios desde la tierra por justicia. (cf. Gn 4, 10). Y la Carta a los Hebreos dice que la aspersión de la sangre de Cristo habla mejor que la de Abel. (Hb 12,24)

¿En qué sentido la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel? Quiere decir que clama más fuerte por justicia… Porque la de Abel es la sangre de un hombre justo mientras la de Jesucristo es la sangre humana de una persona divina.

Además, mientras la sangre de Abel clamaba por una justicia vindicativa, es decir, pedía la muerte del homicida; la sangre de Jesús clama por una justicia divina, que va más allá de la justicia humana, y que clama por misericordia, santificación y redención. Es decir, la sangre de Cristo no pide la muerte, sino la vida y el perdón de sus perseguidores.

La justicia por la que clama la sangre de Cristo también consiste en no dejar que caiga en saco roto esa sangre preciosa. Para los judíos la sangre no podía caer en la tierra, era algo sacrílego.

Una de las escenas más conmovedoras de la película la Pasión es cuando la Virgen María después de la flagelación esta limpiando la sangre de su hijo que ha empapado el piso, porque no quiere que esa sangre se desperdicie.

Hacer justicia a la sangre de Cristo supone vivir de acuerdo con el precio que el pagó por nuestro rescate, el precio de su sangre. En ese sentido, cuando pecamos gravemente y nos alejamos de Dios dejamos de hacer justicia a la sangre que Jesús ha derramado por nosotros.

La redención no es un juego, Dios no nos ha amado en broma, no es un imbécil al que podemos engañar con falsas promesas. Todos somos débiles y pecadores, pero debemos tener un arrepentimiento sincero y un firme propósito de convertirnos.

Hoy al Adorar las llagas benditas y sangrantes del Señor, pidamos que cada día valoremos más su sangre que nos ha lavado de nuestros pecados y que estemos también nosotros dispuesto a luchar hasta derramar sangre en nuestra lucha contra el pecado. (Hb 12,4)

Juan Carlos Rivva
Párroco