HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS

Hace poco le pregunté a un grupo de matrimonios con los que me reúno cada cierto tiempo, ¿de qué creen que debo predicar en la Semana Santa? ¿cuál es el mensaje que la gente en el Perú está esperando hoy de parte de la Iglesia? Una persona comentó: Padre necesitamos certezas. En medio de tanta confusión, de tantas opiniones polarizadas, cuando las discusiones no se resuelven con argumentos objetivos, sino con acusaciones agresivas, falacias y victimizaciones, necesitamos algo sólido, algo real en que apoyarnos y que le dé sentido y horizonte a nuestras vidas, algo que nos ayude a mantener la fe y la esperanza.

Esta semana, le pedía al Señor que me iluminara, cuando apareció como un regalo del cielo, como un rayo de luz en medio de las tinieblas, el análisis del Papa Benedicto XVI sobre la situación del mundo y de la Iglesia… Con la lucidez, la sencillez y la profundidad que lo caracteriza, el Papa dice algo muy simple, pero contundente: La causa de los profundos males morales que aquejan al mundo y a la Iglesia es la ausencia de Dios en nuestras vidas. La muerte de Dios en la sociedad occidental ha traído consigo la muerte de la libertad, la falta de una orientación y un propósito, y finalmente, la falta de sentido de la humanidad, es decir, la deshumanización. Por ello, el único camino es volver a poner a Dios en verdad en el centro de nuestras vidas.

Alguno se preguntará: ¿Qué tiene que ver todo esto con el Domingo de Ramos?

Hagamos como sugería San Ignacio una composición de lugar, imaginemos la escena: Jesús entra montado humilde sobre un pollino a la ciudad santa de Jerusalén, con una actitud silente, serena, lleno de señorío y majestad. A su alrededor todo es bulla y griterío. Se ha encendido la polémica, entre aquellos que lo aclaman como Mesías, liberador de Israel y aquellos que lo acusan de ser un blasfemo, un impostor, y que tratan de callar a la muchedumbre.

Esta escena de las discusiones acaloradas es cada vez más frecuente entre nosotros: La acalorada discusión política entre la izquierda y la derecha, entre caviares y fujimoristas. Las diversas posiciones sobre el origen y la solución de los conflictos mineros, sobre la difusión de la ideología de género en los colegios, la escandalosa división e intrigas al interior de la Iglesia, la violencia creciente en nuestro país y los conflictos en los matrimonios y las familias.

Pero Jesús no se deja distraer por la bulla y los gritos. No se envanece ante los aplausos ni se desanima ante las críticas. Él se encamina silencioso y decidido a cumplir su deber…. A beber el cáliz que el Padre le ha preparado para salvar a la humanidad.

Les quiero proponer que tomemos distancia frente a los problemas y las noticias en esta Semana Santa. Desconectémonos del mundo y conectémonos con Dios. Apaguemos la radio y el televisor, que sean días de recogimiento y oración, para volver a lo esencial, para enfocarnos en lo único que puede darle solidez, sentido y esperanza a nuestras vidas: Que Dios nos ha amado tanto que se hizo hombre por nosotros, que Jesucristo ha resucitado, que Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Esa es nuestra certeza: el amor incondicional de Dios por nosotros. Él nunca nos defrauda.

En ese cuadro, vemos también una mujer callada, que acompaña caminando la entrada de Jesús a Jerusalén. Esa mujer es María, la Madre, modelo de la Iglesia. Que podamos acercarnos al Corazón Inmaculado de María, y acompañar con María a Jesús en estos días santos, que Ella nos ayude a estar centrados en lo esencial, a volver a Dios.

Y aprendamos de Jesús a no dejarnos alterar por la bulla y las opiniones ajenas, a estar dispuestos a seguir al Señor por el camino de la obediencia y la fidelidad hasta la muerte. A obedecer siempre nuestra conciencia, cuesto lo que cueste, siendo testigos de la Verdad y del Amor hasta el martirio. Eso es lo decía el Papa Benedicto: lo único que va a renovar a la Iglesia y va a iluminar el mundo son los mártires, los testigos de una vida coherente, y Jesús fue el primero de ellos.