HOMILÍA DEL II DOMINGO DE PASCUA DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Jesús repite tres veces en el Evangelio de hoy: LA PAZ ESTE CON USTEDES

El anhelo de la paz es uno de los anhelos más apremiantes en el corazón humano. No solo anhelamos que se acaben las guerras y los conflictos, que no tengamos que seguir viendo todos los días escenas macabras de violencia en los noticieros. Anhelamos una paz interior. La paz que es todo lo contrario a la experiencia de ansiedad, de inseguridad, de tristeza, de culpa que muchas veces nos acompaña.

La paz les dejo mi paz les doy: La paz que Jesús nos ofrece no es la paz del mundo: Una vida cómoda, tranquila, sin tensiones ni sufrimientos. Esa paz no existe y si existe, no permanece.

La paz de la que habla Jesús es la paz de la consciencia, la paz del corazón. Una paz que no depende de las circunstancias. Una paz que no se pierde cuando perdemos el trabajo, cuando tenemos enfermedades o duelos, cuando alguien nos defrauda o cuando tenemos un problema en la casa.

Esa paz brota de la fe. Por eso Jesús le dice a Tomás: No seas incrédulo, sino creyente y Dichosos los que crean sin haber visto. Esa paz es fruto del encuentro con Jesús Resucitado y con su gracia que nos purifica y transforma.

Y nos encontramos con el Señor Resucitado en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y la Reconciliación (Confesión).

Así como el Jueves Santo hemos celebrado la institución del sacramento del sacerdocio y de la Eucaristía en la misa de la Cena del Señor, hoy celebramos la institución del sacramento de la Reconciliación: Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdonen los pecados les quedan perdonados, y a quienes se los retengan, les quedan retenidos.

Cada vez que nos confesamos vivimos una experiencia pascual: Pasamos de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la tristeza a la alegría. Cada vez que nos confesamos palpamos la Divina Misericordia de Dios, cuya fiesta hoy celebramos. Cada vez que nos confesamos Jesús nos invita a palpar -como Tomás- las llagas de su costado, a meter nuestras manos en su Corazón traspasado y glorificado, y sentir esos rayos luminosos de misericordia que irradian nuestra vida, como una especie de fuente de alto voltaje, de bondad y de paz.

Hoy que se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia es un día para dar gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su Misericordia; para acercar nuestro corazón con sus pecados, heridas y necesidades al corazón misericordioso del Señor, que se quiebra para derramar torrentes de misericordia sobre cada uno de nosotros.

Jesús le dice a Santa Faustina Kowalska: Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea la salvación y el refugio de todas las almas, especialmente de los pobres pecadores. En ese día se abrirán las puertas de mi misericordia. Derramaré todo el océano de mis gracias sobre las almas que se acerquen a la fuente de mi misericordia. El alma que aquel día se confiese y comulgue obtendrá la remisión completa de las culpas y los castigos. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias.

Por ello, el Papa San Juan Pablo II, proclamó el segundo domingo de Pascua como la fiesta de la Divina Misericordia y concedió Indulgencia Plenaria a todos los fieles que comulguen con la debida disposición y hagan alguna oración piadosa a la Divina Misericordia.

La misericordia no solo hay que recibirla, también tenemos que practicarla, que compartirla a los demás. Ser misericordiosos como el Padre.

El fruto de la Pascua, el fruto de la Confesión, el fruto del encuentro con el Resucitado en la Eucaristía, el fruto de la Fiesta de la Divina Misericordia se debe notar. Que trabajemos por la paz, que seamos pacificadores como dice las Bienaventuranzas, que tengamos un corazón manso y humilde, un corazón alegre, para que con nuestras palabras, actitudes y obras proclamemos las misericordias del Señor.

Juan Carlos Rivva
Párroco