HOMILÍA DEL JUEVES SANTO

Hoy nos acercamos al Corazón Sacerdotal del Señor Jesús, de donde brota el don del Sacerdocio Ministerial y de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, así como el mandato del amor fraterno en la Iglesia.

Quisiera centrar mi homilía esta tarde en un pasaje del libro de los Proverbios, que San Agustín aplica a la Última Cena. El pasaje dice así:

Si te sientas a comer en la mesa de un gran Señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante.

El pasaje tiene tres partes:

a) Hemos sido invitados a sentarnos en la mesa de un gran Señor.

La Pascua judía era una celebración familiar, y también lo es -o debería ser- la Pascua Cristiana.

Jesús quiso celebrar la Pascua en un ambiente íntimo de comunión fraterna con sus apóstoles, con los suyos. El les decía: CON ANSIA HE DESEADO COMER ESTA PASCUA CON VOSOTROS ANTES DE PADECER.

Cada una de ustedes hoy ocupa esta tarde el lugar de los apóstoles, de esos primeros amigos del Señor, y por gracia de Dios, sin ningún mérito de mi parte hoy soy llamado a ocupar el lugar del Maestro. Hoy mi corazón de sacerdote se llena de emoción y puedo decir como el Señor: CON ANSIA HE DESEADO COMER ESTA PASCUA CON USTEDES.

b) Mira con atención lo que te ponen delante.

Esta quizás es la parte más importante.

Mira cuál es el manjar que el Señor nos ofrece en su mesa: Su carne inmolada por nosotros y su sangre derramada por nosotros.

La Ultima Cena no fue simplemente una comida fraternal, así como la Eucaristía no es simplemente la fracción del pan, en la que recordamos la Cena del Señor.

Jesús cuando celebró la Ultima Cena, ofrece de manera anticipada el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, es decir, el Sacrificio de su Vida, que se consumaría al día siguiente en el Gólgota.

Y de esta manera transforma su muerte violenta en un sacrificio voluntario, es decir, en un acto de amor. De amor obediente al Padre y de amor reconciliador por nosotros. Por eso decía el Señor, A MI NADIE ME QUITA LA VIDA, YO LA ENTREGO PORQUE QUIERO.

Sin la Última Cena, la muerte en la Cruz carecería de sentido, sería una muerte vacía. Aquello que se anuncia el Jueves Santo se realiza el Viernes Santo en el Gólgota. La Cena engendra la Cruz y la Cruz consuma lo que se promete en la Cena.

Ambas -Cena y Cruz- dan origen a la Misa, a la Eucaristía. La Eucaristía no es simplemente Cena, no es solo un pan y un vino que se comparten como signo de unión fraterna. Es mucho más. La Eucaristía es el memorial del Sacrificio de Cristo que realiza la obra de la Redención.

Hemos dicho que la Cena sin la Cruz y la Cruz sin la Cena carecerían de sentido, pero ambas serían una esperanza fracasada y una mentira sin la Resurrección.

En la Cruz el Señor entrega la Vida, pero la Vida divina, que vence el poder de la muerte. Por eso, en la Eucaristía participamos no solo del sacrificio del Viernes Santo, sino también de la Resurrección Gloriosa del Señor.

Y todo este amor hasta el extremo del Señor se expresa en el gesto humilde de lavar los pies de sus discípulos. El Papa Benedicto XVI enseña que toda la vida y la muerte de Jesús se presentan como un acto único de entrega en el que Jesús, el Hijo Amado del Padre se levanta de la mesa, se despoja de sus vestiduras de Gloria, acepta el oficio de esclavo y se inclina para lavar con su propia no solo los pies, sino el corazón del hombre, inmundo de pecado, para hacerlo capaz de Dios, e invitarlo al banquete de bodas del Cordero.

c) Pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante.

Dice la primera carta de San Juan: Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida, por El y por los hermanos.

El mandamiento nuevo, el mandamiento del amor no es solo un imperativo moral, no es solo una tarea. Es ante todo un don. Dios es Amor y en la lógica divina, el amor sólo se puede recibir amando.

Esa es la gran lección de esta tarde. La vida se nos ha dado para entregarla, para servir, para convertirnos también nosotros como Jesús en un pan que se parte, se comparte y se reparte entre los hermanos.

Como poder hacer lo mismo, como poder cumplir el mandamiento nuevo, como poder amar como Jesús amó. Dejándonos lavar los pies por El, y viviendo unidos a Él como los sarmientos a la vid.

Y esa comunión se da especialmente en la Eucaristía. Cuando participamos en la misa y comulgamos, nos unimos a sus padecimientos y experimentamos la fuerza de su Resurrección.

Demos gracias al Señor por el don de la Eucaristía y del Sacerdocio, con María acompañemos al Señor con un corazón reverente y agradecido en estas horas de su Pasión procurando comprender lo que Él ha hecho por nosotros.

Juan Carlos Rivva
Párroco