HOMILÍA DEL XVI DOMINGO DE T.O. MARTA Y MARÍA

La Hospitalidad es una virtud muy importante en la cultura judía. En la primera lectura, vemos como Abraham al practicar la hospitalidad con estos tres misteriosos personajes, recibe la bendición divina.

Hoy Jesús va a visitar a sus amigos Marta, María y Lázaro en Betania. Marta se desvive por atender al Señor y se queja de la falta de ayuda de parte de María, su hermana, que está sentada a los pies del Maestro, escuchando sus palabras.

Y Jesús le dice: “Marta, Marta, andas inquieta y turbada, por tantas cosas, y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.”

Es interesante ver el original griego de estos adjetivos:

· Merimnas, del verbo merizo = dividir.
Quiere decir estar dividida, ansiosa, intranquila, nerviosa y desasosegada con las atenciones que se ofrecen.

· Thorubase, de turbazo = alboroto.
Quiere decir hacer un alboroto, una confusión, un tumulto, o un disturbio innecesariamente.

Podemos pensar que Marta tenía motivos para estar estresada, había llegado Jesús, quizás de improviso, y Jesús no llegaba solo, sino con una tribu que lo acompañaba. Cuando menos los 12 apóstoles.

Le dice al Señor: No te importa que mi hermana me deje sola con el servicio, pídele que me eche una mano. Marta regaña a María, y sutilmente regaña también a Jesús. De una manera sutil considera que María está perdiendo el tiempo escuchando al Señor.

Jesús en ningún momento critica a Marta por su trabajo, lo que Jesús censura es su actitud interior. Su falta de paz y serenidad, que le impide valorar lo que está haciendo su hermana.

María vive también la hospitalidad, pero de un modo diferente. Marta a través del servicio, María a través de la escucha.

¿Cómo aplicar este pasaje a nuestra vida?

A veces, nos pasa que sentimos que nuestra cruz en más pesada, que trabajamos más que los demás. Cuántas personas se quejan en el confesionario por que los hermanos la han dejado sola con la carga de cuidar a sus padres; o que los maridos y los hijos no ayudan en las tareas de la casa. O incluso los niños se quejan de que les piden más favores que a sus hermanos.

Hay una especie de tendencia muy arraigada a victimizarnos, a perder la paz, a sobre reaccionar ante las presiones de manera emocional e impulsiva.

Una enfermedad de nuestro tiempo es el activismo, que no es lo mismo que la actividad.

El activismo consiste en desbordarse de manera irreflexiva hacia la actividad, perdiendo la capacidad de discernir que hacemos y como lo hacemos. Confundiendo lo urgente con lo importante y necesario.

El activista vive a toda prisa, esclavo de la vorágine del trabajo, no tiene capacidad para detenerse, suele ser irreverente ante las necesidades del otro, porque está tan ocupado que ni siquiera se da cuenta. Vive alienados, enajenado, fuera de sí mismo, sin contacto con su mismidad, con su interior, presa de un gran vacío existencial.

Cuántas veces no logramos conectarnos con Dios y disfrutar la misa, porque llegamos a toda prisa, faltos de silencio y recogimiento, revisamos varias veces los mensajes del celular, estamos inquietos y turbados por tantas cosas, y nos olvidamos qué sólo una es necesaria.

Para combatir el activismo les sugiero dos remedios:

El primero, aprender a orar. Porque el que sabe rezar bien, sabe vivir bien.

Cuando el Señor dice que: «María ha escogido la parte mejor», está consignando el lugar y el valor que siempre hemos de darle a la oración en nuestra vida. La oración es un deber, pero, sobre todo, es una gran necesidad del corazón.

Hemos sido creados para el encuentro con el Señor, cuanta necesidad tenemos de saciar nuestra sed de Dios en el trato de amistad con Aquel que nos ama. Cuanto necesitamos sentarnos como María a los pies de Jesús para escuchar su Palabra. Eso es lo único que nadie nos puede quitar, porque el cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra no pasará jamás.

La actividad no debería distanciarnos de nuestro centro de gravedad sino, más bien, la oración y la acción han de ir armónicamente integradas. Atender nuestra vida interior es poner el contrapeso necesario a una vida que se proyecta en la acción.

Solo si somos hombres y mujeres de oración, tendremos perspectiva ante los problemas que nos agobian, tendremos paz interior y aprenderemos a disfrutar nuestro trabajo y a hacer de nuestro trabajo una ofrenda agradable a Dios, incluso un acto de alabanza y oración incesante en la presencia del Señor.

El segundo remedio, consiste en aprender a descansar. Frente al estrés necesitamos descansar, pero descansar bien.

El mundo te propone que trabajes como una bestia para alcanzar resultados agotadores y luego busques exhausto compensaciones que dejan más vacío el corazón: el licor, la droga, la ludopatía, el consumismo, la pornografía, etc.

Santa Teresa decía: Lejos de Dios no hay descanso que no canse. Hay que saber descansar en el Señor que nos dice: Vengan a Mí cuando estén cansados y agobiados y Yo los aliviaré.

Hay que disfrutar el descanso: Leyendo un buen libro, haciendo deporte, disfrutando un hermoso paisaje, compartiendo sin prisas con la familia y con los amigos. A veces, buscando también momentos necesarios de soledad.

Que estos días de Fiestas Patrias, si vas a trabajar, no te quejes, disfruta tu trabajo, ofrece tu trabajo al Señor y no pierdas la paz.

Y si Dios te concede la gracia de descansar, aprovecha tu descanso para vivir la comunión con Dios, contigo mismo, con los demás y con la creación.